La historia nos enseña que luego de importantes procesos sociales como lo fueron las guerras mundiales o la gran depresión, las contradicciones de la sociedad avanzan a transformaciones y se dan expresiones que por mucho tiempo no parecían probables, como por ejemplo, el surgimiento de procesos revolucionarios, el auge de los fascismos, el levantamiento de frentes populares o la reinvención del Estado con el keynesianismo.

Las últimas décadas estuvimos sometidos a una larga noche neoliberal, que fue sostenida y profundizada por la socialdemocracia y diversos procesos políticos particulares como las dictaduras, con especial realce en la chilena, que instaló un modelo ejemplar para el Fondo Monetario Internacional y algunos países “desarrollados”.

El neoliberalismo en América Latina no se mantuvo precisamente gracias a la aceptación popular, sino que por fenómenos como la judicialización de la política, las noticias falsas y otras excusas y artimañas modernas de la derecha para contrarrestar el avance de la izquierda. Así se vieron afectadas las y los presidentes Fernando Lugo en Paraguay, Dilma Rousseff y Lula Da Silva en Brasil, Cristina Fernández en Argentina y Rafael Correa en Ecuador. Quienes fueron difamados y con procesos judiciales perversos, desplazados de sus cargos democráticos o perseguidos en la actualidad, combinando las viejas prácticas de la derecha, con nuevas formas para hacerse con el poder con modernos golpes de Estado a través de militares y juicios como el caso de Evo Morales en Bolivia.

También instalan con el aparato mediático, ideas para legitimar sus intervenciones, como por ejemplo la crisis democrática en Cuba, Nicaragua o Venezuela, sin mencionar las sanciones criminales a las cuales les mantienen sometidos e ignorando por conveniencia otros casos. Se han preguntado, ¿qué pasa en Perú? Todos sus últimos presidentes han sido procesados, encarcelados o están en libertad bajo fianza, dejando en evidencia una larga data de corrupción. Esa es, efectivamente, una crisis política y democrática en nuestro continente. 

No se puede omitir el rol de los proyectos de izquierda que no han logrado prevalecer por diversos errores, uno de ellos es la confianza, creer que se ha tomado el cielo por asalto, dar por sentado que el proyecto proliferará. En Uruguay, la llegada de Lacalle, demuestra una falta de profundización en la concepción de la democracia, donde los partidos se van convirtiendo en máquinas electorales por sobre otra cosa, y en este caso, un Frente Amplio que intentó fallidamente una suerte de moderación.

La revuelta popular, que comienza en octubre de 2019, es el comienzo del fin del modelo neoliberal, porque demostró al mundo, que el ejemplar sistema chileno no era más que una careta de engaños, que escondía abusos, corrupción y un camino a una cada vez más abismante desigualdad, pero este no fue un fenómeno particular, se alzó por toda la Patria Grande, una oleada de movimientos sociales antiimperialistas, que transformaron las condiciones socioculturales notablemente.

En Chile, como bien explica el politólogo Atilio Borón, se puso término al sonambulismo político en el que se encontraba el pueblo, donde la política era ajena e innecesaria, ya que al final del día, “todos los políticos eran iguales”. Este discurso fue propiciado por la corrupta partidocracia hegemónica que gobernó en conjunto por décadas, la época de los acuerdos de la concertación y la derecha en unión de gobernanza y de intereses.

En Colombia, se vivieron manifestaciones y huelgas generales no vistas desde hace décadas. En Ecuador, luego de la traición más grande la historia contemporánea, donde Lenín Moreno comenzó a guiarse por el programa de gobierno del FMI, se levantaron manifestaciones que lograron desplazar al gobierno de su sede de Quito a Guayaquil. En Haití se vivieron también protestas masivas contra la corrupción y la desigualdad. En México luego de décadas de gobiernos continuos de la derecha, venció una alternativa progresista, otorgando además a AMLO, la mayor cantidad de votos que ha recibido un candidato en México por décadas. Luego de un gobierno de Macri, que quiso profundizar el neoliberalismo en la Argentina, y que lo único que profundizó fue una crisis, vence en las recientes elecciones Alberto Fernández, formando un eje de espectacular relevancia progresista entre Argentina y México.

Estas serían algunas consideraciones geopolíticas para pensar el porvenir.

La CEPAL, sobre los efectos del COVID-19, ya ha dado cifras claras, donde para 2020 tendríamos 12 millones más de desempleados, alcanzando los 40 millones en la región, 30 millones más de personas bajo la línea de la pobreza y las exportaciones caerán en un 15%. El PIB tendrá una caída mayor a la de 1930, llegando un 5,3%, todas las economías nacionales tendrán números negativos.

Además, contamos con altos niveles de deuda pública y una recaudación fiscal insuficiente dada la evasión y elusión fiscal de grandes empresas, la que alcanzaría a ser un 6,3% del PIB regional. Esto enmarcado en una economía global que caerá entre un 13 y un 32%, y donde Latinoamérica, depende en su mayoría, de las exportaciones.

La crisis no terminará con la globalización, aunque ciertamente se modificará, y serán las periferias del sistema mundo quienes se vean aun más sometidas a los centros.

En este contexto la defensa soberana de nuestra Patria Grande es un imperativo para la dignidad de nuestros pueblos. Nadie se puede salvar solo, no es siquiera posibilidad. En tiempos de un futuro lleno de incertezas, una cuestión ineludible para enfrentarlo es la construcción de un organismo de integración Latinoamericano y Caribeño sólido, que permita regular los flujos internacionales de capital, ya que de nada nos aporta que la liquidez siga yendo a parar a otras regiones, necesitamos diversificación en las redes de producción, y una integración productiva, comercial y tecnológica.

Un mercado de más de 600 millones de habitantes es absolutamente viable, podríamos generar nuevas industrias e innovaciones, permitiría generar, en definitiva, certezas en la protección social, potenciando la autonomía, solidaridad y dejando de depender de potencias externas.

El momento histórico nos pone en una contradicción, y una posibilidad de síntesis más real que nunca. Debemos avanzar a una integración Latinoamericana y Caribeña, transformando nuestros modelos de desarrollo, o el imperio en una nueva fase, mantendrá su dominación.

El derrumbe de UNASUR no es el fin de la integración, existen todavía algunos organismos que persisten, y hay particularmente uno que se perfila como una potente alternativa, el Grupo de Puebla, que se mantiene activo desde su fundación y que integran grandes referentes de la política, y que también cuenta con académicas y académicos de primer nivel.

Durante el estallido social se levantaron las banderas del Pueblo Nación Mapuche, por su significación de lucha y autodeterminación que se han alzado por siglos en nuestros territorios, a su vez, cayeron estatuas de los saqueadores y genocidas españoles ¡Qué evidencia más clara, de que los pueblos mantienen viva la conciencia de su soberanía!

Para que los imperios mantengan su condición de desarrollados, requieren de pueblos divididos para someter a sus intereses. Aprender de las experiencias recientes es fundamental para la construcción de un proyecto de izquierda, además de estar siempre atentas y atentos a los movimientos del imperio, que no cesará ni se dejará vencer fácilmente y también, tomar el ejemplo de los pueblos organizados, que durante las manifestaciones de los últimos meses, han dado cátedra de fraternidad. 

Lo que es claro, es que la integración regional más que una oportunidad, es un imperativo de dignidad para nuestros pueblos. La profundización de la democracia no se logra con competencia e individualismo, es la solidaridad y la cooperación lo que nos llevará al buen vivir de nuestros pueblos.  




Ricardo Díaz Miranda 

Licenciado en Antropología

Comisión de Relaciones Internacionales 

Juventudes Comunistas de Chile