La revuelta del 18 de octubre puso en jaque al modelo de vidas precarias de la sociedad neoliberal chilena; a las violencias sobre nuestros cuerpos, al Estado subsidiario y la acumulación de la riqueza en pocas manos, en un país en que el 1% más rico concentra el 33% del total[1], que es, sin duda, fruto del trabajo humano de las grandes mayorías y de las rentas de los recursos naturales de todos y todas.

Los primeros días las y los estudiantes secundarios evadieron el pasaje en protesta contra el alza. Rápidamente las y los trabajadores despertamos con ellos, rechazamos la respuesta policial violenta del Estado conducida por Piñera y comprendimos que “no eran 30 pesos sino 30 años”. Años de promesas post-dictatoriales incumplidas, de exclusión y deudas en el “verdadero oasis con una democracia estable” como describía diez días antes del estallido el presidente. “La marcha más grande de Chile” del viernes 25 de octubre no deja lugar a dudas, rebalsamos la Plaza de la Dignidad junto a expresiones masivas en todas las regiones. Tanto así que el gobierno trata de colgarse de la movilización, pero era demasiado tarde y demasiado falso.

Cientos y miles y quizá millones de formas de lucha y de organización comunitaria construimos creativamente en los meses siguientes. Recreamos la performance de Las Tesis “un violador en tu camino” en cada rincón de este país y nos acompañaron en todo el mundo; una voz común contra la violencia estructural de género y las violaciones a los Derechos Humanos en Chile, sistemáticas desde el 18 de octubre.

Justo antes de la pandemia, la revuelta tiene una maravillosa expresión con la huelga más masiva de la clase trabajadora en nuestra historia: el 8 de marzo, día de las mujeres trabajadoras. Fuimos dos millones de mujeres por la Alameda, y movilizaciones en cada lugar del país, generando incluso un gran impacto internacional. Sí, porque vale la pena decirlo -especialmente en este día- las mujeres somos trabajadoras. De hecho, las mujeres en Chile trabajan y lo hacen con remuneración en peores condiciones que sus pares varones, así como también de forma gratuita en los cuidados, trabajo doméstico, de crianza y de organización comunitaria. Si observamos la carga global de trabajo, que incluye el trabajo remunerado y no remunerado, tenemos altas tasas de trabajo, que son peores en el caso de las mujeres: los hombres tienen en promedio, una carga de 60,5 horas semanales, mientras las mujeres una de 73,8 horas[2]. Horas de vida para el rendimiento del capital, subvencionar al Estado y a los hombres en los hogares.

Si ya con la revuelta adquirimos conciencia, nada había develado tan crudamente el conflicto capital-vida, expresión brutal de la lucha de clases, como la pandemia. Como dijo Judith Butler, el virus por sí solo no discrimina, pero las sociedades radicalmente desiguales se encargan de que el virus discrimine[3]. Y así ha sido. La sociedad jerárquicamente organizada en términos de clase, raza/etnia, género, edad, estatus migratorio, urbanidad/ruralidad, entre otros, se encarga nuevamente de que la crisis la paguen los y las más excluidas, definiendo vidas precarias descartadas por el capital y otras resguardadas por el poder establecido, mientras las tareas de cuidados se multiplican junto con la violencia en la convivencia con los agresores. No es casual la sinceridad del gerente general de la Cámara de Comercio de Santiago cuando señala que “no podemos matar toda la actividad económica por salvar las vidas”[4].

Ya avanzada la crisis, sin haber apoyado a las personas más que con un mísero bono de 50.000 que además no llegó a todos/as quienes lo requieren, recién se discute un ingreso de emergencia, que en el proyecto del Ejecutivo no alcanza siquiera para que una familia supere la línea de la extrema pobreza, gastando apenas el 0,3% del PIB para tres meses de ingresos decrecientes. Condenados/as al virus o al hambre, aparece con más fuerza la demanda de soberanía alimentaria impulsada hace tantos años por los pueblos originarios; el impuesto al 1% más rico como plantea la bancada del Partido Comunista; e insistimos con la propuesta de la oposición de una renta básica con la que nadie quede bajo la línea de la pobreza, que impulse el consumo y sostenga así la demanda agregada del país, este sí, elemento fundamental para el funcionamiento de la economía.

Enfrentamos tiempos difíciles, pero tenemos elementos a nuestro favor también, ya que la pandemia nos encuentra más organizados y organizadas, con distancia física pero no aislamiento, con niveles altos de conciencia y solidaridad del pueblo.

En síntesis, quisiera destacar que el conflicto capital-vida se ha mostrado en su máxima expresión y con su mayor efecto en los cuerpos concretos desplazados. Para enfrentarlo, debemos elegir la sostenibilidad de la vida y eso tiene más de una implicancia: la lucha contra la acumulación de capital y por modificar el rol del Estado es fundamental, debemos cambiar radicalmente el modelo de desigualdad bajo el cual vivimos y asegurar la protección del Estado a las personas y no a las grandes ganancias. Pero implica también una transformación en los hogares, en la intimidad, en la individualidad y en el movimiento político-social: debemos reconocer el trabajo de las mujeres; terminar con todas las violencias; conquistar igualdad en el seno de los hogares y dejar de invisibilizar nuestro rol protagónico en la lucha social. Para ello, contamos con fuerza, conciencia y organización: usémoslas para terminar en todas las dimensiones con el modelo de vidas precarias que actualmente predomina.


Irací Hassler 

Concejala Partido Comunista de la Comuna de Santiago
Economista de la Universidad de Chile


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[1] “Que la crisis la pague el 1% más rico”, Fundación Sol, 8 de abril de 2020

[2] Datos en base a Encuesta Nacional de Uso del Tiempo, ENUT 2015

[3]Butler, Judith (19 de marzo) “El Capitalismo tienen sus limites”  en: compilado “Sopa de Wuhan”

[4] https://www.eldesconcierto.cl/2020/04/16/la-postura-del-presidente-de-la-camara-de-comercio-de-santiago-ante-la-pandemia-no-podemos-matar-toda-la-actividad-economica-por-salvar-las-vidas/