El 21 de noviembre de 2019, en pleno estallido social, el ministro de salud Jaime Mañalich se jactaba diciendo que el sistema de salud chileno era “unos de los mejores y más eficientes del planeta”.

 

Cuatro meses después, el presidente Sebastián Piñera, al conocerse contagios del coronavirus en territorio nacional hacia lo propio diciendo “que Chile estaba mucho mejor preparado que Italia para enfrentar esta situación”.

 

Que haya un estallido social localizado y una pandemia mundial justo después durante la cual todos deben quedarse en las casas, es realmente inédito. Lo que claramente es común y que forma parte de la realidad cotidiana es la poca modestia con que se expresa el ministro y el presidente.

 

Cuando el número de contagiados por Covid-19  fue subiendo y se fue expandiendo geográficamente, distintos organismos pidieron el cierre de la región Metropolitana el 20  de marzo de 2020 como medida de protección y cuarentena total. No hubo respuesta gubernamental.

 

El 13 de Mayo de 2020 Jaime Mañalich decreta cuarentena total en la región metropolitana. Como si todo lo anterior fuera poco, el ministro aseguró hace algunas horas “que no tenía conciencia de la pobreza y hacinamiento que había en Santiago”.

 

Difícil de creer, pero cierto.

 

El sistema de salud chileno claramente es deficiente y esta pandemia sólo viene a evidenciarlo. Y por consiguiente evidencia otra cosa aún más cruda: en esta sociedad no somos todos iguales.

 

La retórica del ministro parece ser un acercamiento a la realidad que vive el país. De manera sutil, evidentemente. Y la realidad es que existe una profunda desigualdad social. Donde algunos mueren esperando una atención médica y otros viven porque no tuvieron que esperar. Y el problema se agrava cuando el gobierno, (cuyo presidente fue elegido por “mayoría”) no hizo nada para cambiar dicha realidad.

 

La verdad es que cuando uno impulsa un proyecto o lleva a cabo medidas, existe un diagnóstico previo para saber qué es lo que falta o en qué se puede mejorar. Y eso necesariamente se evalúa según la realidad.     

 

Con la evolución de las declaraciones del ministro se puede dar cuenta de que ni siquiera existía un diagnóstico social, por tanto, todas las medidas que se impulsaron partieron de una concepción errada, o peor, inexistente.

 

Espero que la evolución de esas declaraciones sea positiva y cada vez más cercana a la realidad. Y cuando llegue el día de que el diagnóstico sea hecho en base a la realidad, se apliquen las medidas pertinentes.

 

Y espero también que todos los lamentos posteriores no sean para responder esta pregunta: ¿porqué había que esperar tanto tiempo?              

Pablo Gutiérrez