Artículo de opinión: Cómo superar el impuesto de sociedades oculto en Europa
La solución no es un Código de Contribuyentes Europeo –como propone la Comisión Europea– ni una armonización total de las tasas. Se trata de interoperabilidad tributaria: marcos técnicos y operativos comunes que permiten que los sistemas y autoridades tributarias nacionales funcionen sin problemas a través de las fronteras.
Se pueden tomar cuatro medidas para generar ganancias inmediatas para empresas de todos los tamaños, incluidas las de nueva creación y las de crecimiento: estándares mínimos comunes para los servicios tributarios digitales, formatos e interfaces de datos compartidos, mayor capacidad para utilizar esos datos de manera efectiva y definiciones y reglas de valoración más claras para los activos móviles internacionalmente.
Estas medidas no reemplazarían las reformas estructurales. Reducirían la fricción ya hoy y harían que iniciativas más profundas, incluido un futuro 28º Régimen, fueran más fáciles de implementar y más efectivas.
Los costes de la fragmentación europea
El síntoma más básico es la absoluta divergencia en las cargas de cumplimiento. Para una empresa mediana, el tiempo anual dedicado al cumplimiento fiscal puede oscilar entre unas 50 horas en Estonia y Luxemburgo y más de 400 horas en Bulgaria.
Esa brecha determina las decisiones sobre dónde constituirse, dónde contratar y si atender a clientes en diferentes países desde una única sede. La fragmentación afecta más a las empresas más pequeñas porque los costos fijos de cumplimiento no se reducen. Para las nuevas empresas que buscan financiación inicial y previa, también es una limitación para el crecimiento, ya que los fundadores e inversores consideran las complicaciones de lidiar con diferentes sistemas tributarios nacionales mucho antes de que una empresa madure.
El mismo patrón aparece en el impuesto al valor agregado y la facturación. Las empresas enfrentan diferentes reglas de registro, formatos de factura, frecuencias de presentación, requisitos de auditoría y, cada vez más, facturación electrónica nacional. Eso empuja a las empresas a establecer acuerdos diferentes en cada país y desalienta el comercio transfronterizo.
La fragmentación es aún más costosa cuando la base impositiva es móvil y digital.
Los criptoactivos son el ejemplo más claro. Los Estados miembros todavía difieren en cuanto a la clasificación, el momento de la tributación, los requisitos de presentación de informes y la capacidad de hacer cumplir la ley. Eso crea un trato desigual e incentivos para ubicar la actividad en el régimen más indulgente.
Las estimaciones conservadoras sugieren que las ganancias de criptocapital realizadas en la UE rondaron los 16 mil millones de euros en 2024, lo que se traduce en aproximadamente 4-5 mil millones de euros en ingresos fiscales potenciales con las tasas nacionales actuales.
Los impuestos sobre la riqueza y los activos plantean un problema similar en el mercado único.
Las diferencias en las definiciones, las prácticas de valoración, las exenciones y la verificación de la información (incluido el acceso a datos transfronterizos sobre activos) importan más cuando la riqueza puede estructurarse y trasladarse a través de las fronteras con mayor facilidad de lo que las administraciones pueden coordinar.
Cuatro pasos para ayudar a las empresas europeas
Bruselas trata la coordinación fiscal como políticamente radiactiva: requiere unanimidad, afecta a la soberanía y genera titulares incendiarios. Todo cierto. Pero este reflejo se ha convertido en una excusa para la inacción en áreas donde la participación de la Unión Europea es factible y económicamente justificada.
¿Qué vías comunes harían interoperables los sistemas tributarios nacionales?
En primer lugar, establecer estándares mínimos para los servicios fiscales digitales en toda la UE. Los contribuyentes y las empresas deberían poder confiar en una identidad digital, declaraciones y pagos electrónicos seguros, independientemente de dónde operen.
En segundo lugar, estandarizar los formatos e interfaces de datos clave, empezando por el IVA y la facturación electrónica. La actividad transfronteriza no debería requerir el mantenimiento de 27 flujos de trabajo incompatibles. Los campos de datos y API comunes reducirían los costos y respaldarían la aplicación de la ley.
En tercer lugar, fortalecer la capacidad de utilizar los datos intercambiados, especialmente en el caso de los criptoactivos. El intercambio no tiene sentido si algunas administraciones no pueden procesarlo, verificarlo y actuar en consecuencia.
Por último, en el caso de los impuestos basados en activos, promover definiciones y principios de valoración comunes y estrechos. Esto reduciría la inseguridad jurídica y el arbitraje para las bases imponibles móviles, dejando al mismo tiempo las tasas y las opciones redistributivas a nivel nacional.
Si Europa quiere escalar, debe eliminar las sanciones por escalar. La interoperabilidad fiscal nunca complacerá a la multitud, pero aquí es donde se gana o se pierde silenciosamente la competitividad. La elección es entre un mercado único que funciona en la práctica y uno que existe en los discursos.